Una de las cosas más difíciles de ser inmigrante

LOS ANGELES - JUNE 24:  A composite of numerous flags from across the world is held by immigrant reform supporters as they march on Hollywood Boulevard in support of the legalization of millions of undocumented immigrants living in the United States June 24, 2007 in Los Angeles, California. Fire officials estimated the crowd in attendance was around three thousand people.  (Photo by J. Emilio Flores/Getty Images)

Por: Enrique Vásquez

En este artículo no voy a hablar de lo complejo que puede ser llegar a otro país, ni tampoco de lo importante que es adaptarse a la cultura que te recibe para que puedas realmente integrarte a esa nueva sociedad, sino que tocaré un tema que me parece una de las cosas más difíciles con las que tenemos que lidiar los que vivimos lejos de nuestra patria.

Sí, me refiero a la familia, el extrañarla, saber que están lejos, que sin importar la tecnología que disfrutamos hoy día que nos permite comunicarnos de formas que hace tan sólo unos años era imposible sigue sin ser lo mismo, porque definitivamente es maravilloso poder conversar vía Skype viendo a tu mamá, tu esposa, tus hijos, tu abuelita, pero eso jamás podrá igualar ni compensar el calor humano ni los olores, ese maravilloso aroma del hogar, de los mediodías, tardes o noches cuando la comida está a punto de ser colocada en la mesa, porque sinceramente, la comida es una de las cosas que más se añora, especialmente la de tu mamá o tu abuela, con esos sabores que te trasladan a tu infancia y a los momentos más felices de tu vida, sabores, texturas y colores que no sabes cuándo volverás a probar, porque tu nueva vida te ha llevado lejos en la búsqueda de nuevas oportunidades para salir adelante.

Seamos honestos, una conversación por teléfono, WhatsApp, Skype, BBM o similar jamás podrá igualar esas tertulias en la casa en la que estaban todos involucrados riendo, contando chistes (y chismes), tomándose algo y picando alguna exquisitez que preparó la abuela así como recordando las anécdotas, más vergonzosas de la infancia del miembro de la familia que, en esa oportunidad, llevó por primera vez a casa a su nueva pareja.

El compartir con tu familia es algo sin parangón, el estar junto a ellos es una de las cosas que más llenan de vida la vida y al emigrar el tener que renunciar a eso es uno de los precios más altos que se deben pagar al ir a perseguir los sueños y deseos de un mejor futuro.

Pero lo que más duele es que, en la búsqueda de un mejor porvenir tienes que sacrificar el estar junto a ellos compartiendo como antes lo hacías, también sabes que las felicitaciones de cumpleaños, de día de la madre, del padre van a ser a distancia y que lo más seguro es que el “feliz año” del 31 de diciembre será por teléfono “luego que las líneas se descongestionen” y que lo más cercano a un abrazo que recibirás va a ser el sentir como las lágrimas recorren las mejillas de ese ser tan querido que está al otro lado de la conversación a miles de kilómetros de distancia.

Y en el momento que estás viviendo todo eso siempre aparece en tu mente la idea de traerlos contigo, de que se vengan a tener mejor calidad de vida, y más de una vez en tu trabajo te encuentras fantaseando con eso, de cuánto tiempo necesitarás para ganar lo suficiente y poder decirles a todos “ya compré los pasajes y alquilé una casa para que se vengan a vivir conmigo”, porque sinceramente, eso haría el proceso de migración muchísimo más fácil y serías un inmigrante mucho más feliz.

Porque, justo en el momento que te montas en el avión y dices ese adiós, normalmente en medio de un baño de lágrimas que salen de todos los ojos que están en varios metros a la redonda, te queda el sinsabor de no tener la certeza de que volverás a verlos algún día, tienes fe en que sí será, pero la verdad es que es imposible asegurarlo.

F/Enriquevasquez.org

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